Archivado en 7 Febrero 2014

UNA CUESTION DE TRASCENDENCIA: A VECES PERDER ES GANAR

7 Febrero, 2014

By: Irvin Yalom & Nosolodoctor

Dedicado a todas las personas que han perdido un ser querido por el camino de la vida

INTRODUCCION

Hace unos años, el Dr. Irvin Yalom catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Stanford; con el fin de  documentarse acerca del proceso de duelo de cara  a un trabajo de investigación que tenia entre manos puso un anuncio en el periódico para captar voluntarios que no hubiesen sido capaces de superar su dolor ante la perdida de un ser querido. De las treinta y cinco personas que llamaron para una cita, una tal Penny fue la primera. Se trataba de una mujer taxista; divorciada  de treinta y ocho años que previamente había perdido a su hija cuatro años atrás y que según manifestó por teléfono a la secretaria del Profesor Yalom le era “vital”  que el Profesor la escogiera.  De hecho subrayó que aunque trabajaba sesenta horas a la semana como taxista, enfatizó que vendría para la entrevista a cualquier hora del día o de la noche. Veinticuatro horas después estaba sentada frente a él. El hecho de que Penny estuviese tan necesitada, o eso decía ella, le presentó a Yalom un dilema que era la imposibilidad para él de tratarla, pues no tenía horas disponibles para recibir otro paciente. El trabajo acerca del duelo era la principal prioridad de su vida en aquel entonces y por eso había puesto el anuncio para voluntarios. Pero no era una forma de captar pacientes para terapia. No le hacia falta. Además, estaba a punto de iniciar un año sabático en tres meses, por lo que apenas iba a haber tiempo suficiente para un tiempo mínimamente decente de psicoterapia en el caso de que así se diesen las cosas.  Así que para evitar cualquier malentendido, decidió que lo mejor sería dejar bien claro desde el minuto uno el asunto de la terapia, incluso antes incluso de  preguntarle  por qué, cuatro años después de la muerte de su hija, ella necesitaba, precisamente ahora, que la vieran y de forma tan…. “inmediata”.  Empezó por agradecerle que se ofreciera voluntaria durante dos horas para hablar sobre algo tan duro como la muerte de su hija. Le añadió que, aunque había una posibilidad de que la conversación le ayudara, también era posible de que el hecho de mover sentimientos antiguos quizás le empeorase o le perturbarse. Le advirtió sin embargo, que en el caso de que una terapia fuera necesaria, él no la podría atender pero que estaría encantado de sugerirle o ayudarle a elegir otro  terapeuta.  Cuando terminó de aclararle las cosas a Penny se sentía bastante satisfecho con sus palabras: se había cubierto las espaldas y además  había sido lo suficientemente claro para evitar cualquier malentendido.

EL RELATO

Penny asintió. Se levantó de su silla para colocarse bien su falda, se volvió a sentar y preguntó si podía fumar. Cuando le entregó un cenicero, encendió un cigarrillo y  comenzó: “necesito hablar, de acuerdo, pero no puedo permitirme una terapia. No tengo dinero. He visto dos terapeutas baratos -uno era aún estudiante- en la clínica de la seguridad social  pero me tenían miedo. Nadie quiere hablar sobre la muerte de un niño. Cuando tenía dieciocho, fui a una orientadora de una clínica para alcohólicos que era exalcohólica, era buena, ya que me hizo las preguntas adecuadas. ¡Quizás necesite a un loquero que haya perdido un hijo para que me pueda entender! Quizás necesite a un experto de verdad. Tengo mucha admiración por la Universidad de Stanford, Por eso me sobresalté cuando vi su anuncio en el periódico. siempre pensé que mi hija iría a Stanford  “si estuviera viva”.

“Ok, empiece con por qué quería verme tan inmediatamente.

Mi secretaria me dijo que sonó desesperada. ¿Qué ha pasado?”

“Hace unos días, iba conduciendo a casa desde el trabajo –acabé a eso de la una de la mañana- y tuve un desmayo. ¡Desperté y estaba conduciendo por el carril contrario y chillando como un animal herido! Si hubiera habido algún coche viniendo en sentido contrario no estaría aquí hoy”.  La hija de Penny, Chrissie, había desarrollado una extraña forma de leucemia cuando tenía nueve años, y murió cuatro años después, un día antes de cumplir los trece. Durante aquellos cuatro años, Chrissie intentó permanecer en la escuela pero quedó postrada en cama la mitad del tiempo y fue hospitalizada cada tres o cuatro meses.  Su cáncer y su tratamiento fueron extremadamente dolorosos. Durante sus cuatro años de enfermedad, muchos tratamientos de quimioterapia habían prolongado su vida pero la dejaron, cada vez, mas calva, mas delgada  además de terriblemente enferma. A Chrissie le habían realizado docenas de extracciones de médula ósea y un sinfín de extracciones de sangre que finalmente ya no se le encontraban las venas. Durante su último año de vida, sus médicos le habían instalado en su cuerpo un reservorio; es decir un catéter intravenoso permanente que permitía un fácil acceso a su flujo sanguíneo.

Su muerte, dijo Penny, fue horrible –usted no puede imaginar cuánto-. En este punto empezó a llorar. Fiel a su palabra de hacer preguntas difíciles, el profesor le pidió que le contara cómo de terrible había sido la muerte de Chrissie. Chrissie había muerto, finalmente de neumonía: su corazón y sus pulmones habían fallado, no podía respirar y, al final, se ahogó en sus propios fluidos. Lo peor, dijo Penny entre sollozos, era que no podía recordar la muerte de su hija, se le habían borrado de la mente las horas finales de Chrissie. Todo lo que recordaba era irse a dormir junto a su hija aquella noche – durante las hospitalizaciones de Chrissie, Penny dormía en una cama plegable junto a ella – y mucho después, estar sentada junto a la cabecera de la cama de Chrissie con los brazos alrededor de su hija.  Penny empezó a hablar de culpa. Estaba obsesionada con la forma en que se había comportado durante la muerte de Chrissie. No podía perdonarse a sí misma. Su voz se hizo más fuerte, y su tono más auto-acusatorio. Sonaba como un fiscal intentando convencerme de su negligencia. “¿Lo puede creer?, dijo, “no puedo ni siquiera recordar cuándo y cómo supe que Chrissie había muerto?

Ella estaba segura, y pronto me convenció que la culpa sobre su vergonzosa conducta era la razón por la que no dejaba pasar pagina; cerrar el duelo, la razón por la que su dolor se había congelado durante cuatro años. Aunque estaba decidido a seguir sus planes de investigación: aprender todo lo posible sobre muertes de familiares crónicas y a diseñar un protocolo estructurado de entrevistas pronto se encontró a si mismo olvidando la investigación y deslizándose casi sin querer hacia la terapia. Puesto que la culpa parecía ser el problema principal, decidió conocer, durante el resto de la entrevista de dos horas, todo lo posible acerca de la culpa de Penny.

“¿Culpa de qué?” preguntó. “¿Cuáles son los cargos?”

El principal cargo que se achacaba era que no había estado realmente presente con Chrissie. Ella, tal y como lo expuso, había fantaseado mucho. Nunca se permitió creer que Chrissie moriría. Incluso a pesar de que el médico le había dicho que Chrissie estaba viviendo un tiempo extra, que nunca nadie se había recuperado de esta enfermedad, incluso aunque él dijo, categóricamente, cuando ella entró en el hospital por última vez, que no saldría viva mas de allí, Penny descartó creer que Chrissie no se recuperaría una vez mas. Estaba llena de ira cuando el doctor se refirió a la neumonía definitiva como una bendición con la que no se debería interferir.  De hecho, ella no había aceptado que Chrissie estaba muerto incluso ahora, cuatro años después. Justo una semana antes, ella “se despertó” encontrándose a sí misma en la cola de una drug store con un regalo en la mano para Chrissie, un animal disecado. Y en un punto de la entrevista con ella, llegó a decir que Chrissie “cumplirá” diecisiete el mes próximo, en lugar de “cumpliría”.

“¿Tanto crimen es eso?” preguntó. “¿Es un crimen mantener la esperanza?

¿Qué madre quiere creer que su hijo ha muerto?”

Penny contestó que no había manifestado amor por Chrissie y en cambio, se había puesto a ella misma en primer lugar. ¿Cómo? Nunca había ayudado a Chrissie a hablar sobre sus miedos y sus sentimientos. ¿Cómo podía Chrissie hablar sobre la muerte a una madre que continuaba fingiendo que no pasaba nada? Consecuentemente, Chrissie se vio obligada a estar sola con sus pensamientos. ¿Qué diferencia había si ella dormía junto a su hija? Realmente no estaba allí para ella. Lo peor que le puede suceder a alguien es que muera en soledad, y esa fue la forma en la que había dejado que su hija muriera.  Entonces Penny contó que creía profundamente en la reencarnación, una creencia que comenzó cuando era adolescente y pobre y se sentía estafada por la vida que sólo podía encontrar consuelo pensando que tendría otra oportunidad en otra vida. Penny sabía que la próxima vez tendría más suerte – quizás sería más rica. Sin embargo, ella no había ayudado a Chrissie a morir. De hecho, Penny estaba convencida de que era su culpa que Chrissie hubiera tardado tanto en morir. Por su madre, Chrissie había permanecido, prolongando su dolor y retrasando su liberación. Aunque Penny no recordaba las horas finales de la vida de Chrissie, estaba segura de que no dijo lo que debería haber dicho: “¡Venga, vamos! Es hora de que te marches. No tienes que quedarte aquí más tiempo por mí”.

Mientras ella hablaba, Yalom comenzó a pensar en su hijo. ¿Podría haberlo hecho él? Soltar su mano, ayudarle a morir, decirle, “¡Vamos! ¿Es hora de que te marches?” Su cara llena de luz revoloteaba su mente y una ola de angustia indescriptible le envolvió.

“Así que entiendo que usted dice que siente culpa principalmente por dos cosas. Primero, porque no ayudó a Chrissie a hablar sobre la muerte, y segundo, porque no la dejó marchar lo suficientemente pronto”.

Penny asintió, y dejó de llorar.  Antes Penny  había contado que ella estaba en comunión frecuente con Chrissie, visitándola diariamente al cementerio y pasando una hora al día acicalando su tumba y hablando con ella. Penny dedicó tanta energía y atención a Chrissie que su matrimonio se deterioró, y su marido la dejó para siempre unos dos años atrás. Penny dijo que apenas fue consciente de su marcha.  Como recuerdo a Chrissie, Penny había mantenido su habitación igual, con toda su ropa y sus pertenencias en el mismo lugar. Incluso sus últimos deberes inacabados estaban en el escritorio. Sólo una cosa había cambiado: Penny colocó la cama de Chrissie en su dormitorio y dormía en ella cada noche.

“¿Así que ahora manejas tu culpa aferrándote a Chrissie, sin seguir adelante con tu vida?”

“¡Es que no puedo olvidarla. No se puede desconectar, ya me entiende!”

“Dejarla ir no es lo mismo que olvidarla, y nadie le está pidiendo que desconecte”.

“Olvidar a Chrissie es como decir que nunca la amé, es como decir que tu amor por tu propia hija fue tan sólo algo temporal – algo que se desvanece. Yo no la olvidaré”.

No la olvidarás. Bueno, eso es diferente a que te pida que desconectes”.

Ella había olvidado la distinción entre olvidarla y dejarla ir, pero lo dejó pasar. “Antes de dejar marchar a Chrissie, necesitas quererlo, desearlo. Intentemos entender esto juntos. Por el momento, haz como que estás agarrada a Chrissie porque tú lo eliges. ¿Qué supone para ti?”

“No sé de qué está hablando”

“¡Sí lo sabe! Sígame la corriente. ¿Qué es lo que obtiene aferrándose a Chrissie?”

“La abandoné cuando se estaba muriendo, cuando me necesitaba. De ninguna manera la voy a abandonar de nuevo”.

Aunque Penny aún no lo comprendía, estaba atrapada en una contradicción irreconciliable entre su determinación de permanecer con Chrissie y sus creencias sobre la reencarnación. El dolor de Penny estaba bloqueado.

“Penny, tú hablas con Chrissie a diario. ¿Dónde está Chrissie? ¿Dónde existe?

Los ojos de Penny se agrandaron. Nadie antes le había hecho preguntas tan directas. “El día que murió, traje su espíritu a casa de nuevo. Podía sentirla en el coche conmigo. Al principio ella estaba cerca de mí, a veces en casa en su habitación. Después podía contactar con ella en el cementerio. Ella normalmente sabía lo que estaba pasando en mi vida, pero quería saber de sus amigos y sus hermanos. Seguí el contacto con todos sus amigos para poder contarle sobre ellos.”

“¿Y ahora?”

“Ahora ella se está desvaneciendo. Lo cual es bueno. Significa que se ha reencarnado en otra vida”.

“¿Tiene algún tipo de recuerdo de esta vida?”

“No. Ella tiene otra vida. No creo en esa tontería de recordar vidas pasadas”.

“Así que ella tiene que ser libre para continuar con su próxima vida, y aún así hay una parte de ti que no la deja ir”.

Penny no dijo nada. Tan sólo miraba al terapeuta .

“Penny, eres una juez implacable. Te has juzgado por el delito de no permitirte dejar a Chrissie irse cuando estaba a punto de morir, y te has sentenciado a la auto-aversión. Personalmente pienso que te juzgas con demasiada severidad. Dime algún padre que lo podía haber hecho de otro modo. Si mi hijo fuera a morir yo no lo hubiera hecho mejor. Pero, aún peor, la sentencia es demasiado severa – condenadamente dura para ti misma. Parece que tu culpa y tu dolor han roto tu matrimonio. ¡Y la duración de la sentencia! Eso es lo que realmente hace que mi cabeza eche humo. Ahora hace cuatro años. ¿Cuánto tiempo más? ¿Otro año? ¿Cuatro más? ¿Diez? ¿Cadena perpetua?”

Continuó:

“He estado sentado aquí intentando ver el sentido de todo esto y tengo una idea. No te estás castigando a ti misma por algo que hiciste una vez, hace cuatro años, cuando Chrissie se estaba muriendo. Te estás castigando por algo que estás haciendo ahora, algo que continúas haciendo en este preciso momento. Te estás aferrando a ella, intentando mantenerla en esta vida cuando tú sabes que pertenece a otro lugar. Dejarla ir no sería una señal de que la abandonas o de que no la quieres, si no todo lo contrario, una señal de que realmente la amas – la amas lo suficiente como para dejarla seguir con otra vida”.

Penny continuó observando. No hablaba pero parecía conmovida por lo que había dicho. Decidió decir algo más. Probablemente era excesivo.

“Vuelve a ese momento, Penny, ese momento en el que deberías haber dejado a Chrissie ir, ese momento que has borrado de tu mente. ¿Dónde está ese momento ahora?”

Penny parecía ansiosa y un poco irascible al ser forzada o examinada.”No sé a dónde quiere llegar. Es pasado, se ha ido.”

“¿Existe algún recuerdo de esto? ¿En Chrissie? ¿Dices que ella ha olvidado todas las huellas de esta vida?”

“Todo se ha ido. Ella no recuerda, yo no recuerdo. Así que…

“Así que tú continúas torturándote a ti misma sobre un momento que ya no existe en ninguna parte – “un momento fantasma”. Si conocieras a alguien que hiciera eso, pensarías que es tonto”.

Penny, que, en su sabiduría callejera, siempre tenía una respuesta para todo, otra vez se quedó en silencio, como en shock. Las dos horas pactadas estaban llegando a su fin. Aunque Penny no le pidió más tiempo, era obvio que tendrían que volverse a ver. Habían pasado demasiadas cosas: habría sido profesionalmente irresponsable no ofrecerle una sesión adicional. No parecía sorprendida por mi ofrecimiento e inmediatamente acordó volver la semana siguiente a la misma hora.

LA SEGUNDA SESION

Penny comenzó aquella sesión dejándose caer en la silla y diciendo: “¡Chico, me alegro de verte! Menuda semana”.  Continuó, con alegría forzada, diciéndome que la buena noticia de la semana es que se había sentido menos culpable y menos involucrada con Chrissie. La mala noticia es que había tenido una confrontación violenta con Jim, su hijo mayor, y, como respuesta, había estado alternando ataques de ira y de llanto durante toda la semana. Penny tenía otros dos hijos mas vivos, Brent y Jim. Ambos habían abandonado la escuela e iban por conductas disociales. Brent, de dieciséis, estaba en el reformatorio por participar en robos, Jim, de diecinueve, tomaba ya drogas duras. El problema al que hacia alusión Penny comenzó el día después de la última sesión cuando Penny supo que Jim había dejado de pagar su cuota del Ocaso; el seguro de los muertos los últimos tres meses.

¿El ocaso? Debí haberla escuchado mal y le pedí que lo repitiera. “El seguro de los muertos; el Ocaso” es lo que ella dijo, si. Unos cinco años antes, cuando Chrissie aún estaba viva pero debilitándose, Penny firmó un contrato para una tumba en el cementerio cara – una tumba lo suficientemente grande, ella señaló “para que cupiera toda la familia junta”. Cada miembro de la familia – Penny, su marido, Jeff, y sus dos hijos – estuvieron de acuerdo, ante la intensa presión ejercida por ella, de contribuir a una parte del coste de los pagos que se extendían durante siete años. No obstante, pese a sus promesas, toda la carga financiera de la tumba recaía en sus hombros. Jeff se había ido ahora hacía dos años y no quería tener nada que ver con ella, viva o muerta. Su hijo menor, ahora preso, era obviamente incapaz de aportar su parte (previamente había contribuido con una pequeña cantidad por un trabajo que tenía después del colegio). Y ahora se encontró con que Jim le había estado mintiendo y que no estaba cumpliendo con sus pagos. La noche después de su pelea con Jim, dos hombres, obviamente camellos, se acercaron a la puerta preguntando por él. Cuando Penny les dijo que no estaba en casa, uno de ellos le dio el recadito a Jim de que pagara el dinero que debía o que se podía olvidar de volver a casa: que no quedaría casa alguna a la que volver.

Ahora, no hay nada, dijo Penny, más importante para ella que su casa. Después de que su padre muriera cuando ella tenía ocho años, su madre se había mudado con ella y sus hermanas de apartamento en apartamento al menos veinte veces, a menudo permaneciendo sólo dos o tres meses hasta que eran desahuciadas por no pagar el alquiler. Se hizo la promesa entonces de que algún día ella tendría una casa de verdad para su familia – una promesa por la que había trabajado furiosamente para cumplirla. Los pagos mensuales de la hipoteca eran elevados, y después de que Jeff se fuera, ella asumía toda la carga. A pesar de que trabajaba tantísimas horas, apenas lo conseguía.

Así que los dos hombres habían dicho las palabras equivocadas. Después de que se fueran, ella se quedó aturdida junto a la puerta unos instantes, entonces maldijo a Jim por gastarse el dinero en drogas en lugar de pagar su tumba; y después de eso, así lo dijo, ella “perdió el control completamente” y rompió tras ellos. Su coche ya se había marchado, pero ella saltó dentro de su potente camioneta y les siguió a alta velocidad por la autopista intentando sacarlos de la carretera. Les embistió un par de veces y finalmente escaparon tras poner su BMW a más de 160 kilómetros por hora.

Entonces notificó a la policía sobre la amenaza (aunque no, por supuesto, lo de la persecución por la autopista) así que su casa estuvo bajo vigilancia policial el resto de la semana. Jim llegó más tarde aquella noche y tras escuchar lo que había pasado, se apresuró para meter algo de ropa en una mochila y dejó la ciudad. Ella no había oído nada desde entonces. Aunque Penny no expresó remordimientos por su conducta – todo lo contrario, parecía deleitarse contando la historia – había, sin embargo, estruendos más profundos. Más tarde aquella noche, creció su agitación, durmió mal y tuvo este sueño:

Estaba buscando por todas las habitaciones de una antigua institución. Finalmente abrí una puerta y vi a dos chicos jóvenes de pie sobre una plataforma como si estuvieran en exposición. Parecían mis dos hijos, pero llevaban pelo largo como las chicas y vestidos. Todo estaba mal: sus vestidos estaban sucios y del revés. Sus zapatos estaban en el pie equivocado.

Le pedí que me describiera sus principales sentimientos en el sueño. Penny dijo que ella se despertó llorando, aun a pesar de que no había ninguna  escena realmente triste en el sueño.

“¿Y sobre los dos niños pequeños?”

Ella dijo que había algo patético, quizás triste, sobre la forma en que iban vestidos – los zapatos en el pie opuesto, la ropa sucia del revés. ¿Y los vestidos? ¿Qué hay del pelo largo y los vestidos? Penny no podía encontrarle sentido a eso, hasta que dijo que quizás tener a los chicos fue un completo error. ¿Quizás hubiera deseado que fueran chicas? Chrissie había sido una niña de ensueño, buena estudiante, guapa, dotada musicalmente. Chrissie, supuse, era la esperanza de Penny para el futuro: era ella quien podía haber salvado a la familia de su destino de pobreza y delincuencia.

“Sí”, Penny continuó tristemente, “el sueño sobre mis hijos tiene su significado – mal vestidos, mal calzados. Todo en ellos estaba mal – siempre lo había estado. No han sido más que problemas. Tuve tres hijos: una era un ángel, y los otros dos, míralos – uno en la cárcel y el otro drogadicto. Tuve tres hijos  – y murió la equivocada”.

Penny se quedó boquiabierta y luego se tapó la boca impactada de sus propias palabras. “Lo había pensado antes pero nunca lo había dicho en voz alta”.

“¿y cómo suena?”

Agachó la cabeza, casi en su regazo. Un torrente de lágrimas manaba desde su cara hasta su falda. “Inhumano”. Suena Inhumano. Y mas dicho por una madre”

“No. es justo lo contrario. Yo sólo oigo sentimientos humanos. Quizás no suenen bien, pero es que así somos. Dada tu situación con tus tres hijos, ¿qué padre no sentiría que murió el hijo equivocado? ¡Fijo que yo lo haría!

Siguió con la cabeza agachada pero asintió casi de forma imperceptible. Puesto que la segunda entrevista llegaba a su fin, no había ya ningún motivo para disimular que Penny estaba haciendo terapia conmigo . Así que opte por  reconocerlo abiertamente y sugerí que nos viéramos seis veces más y así intentar hacer todo lo posible para sanar la situación. Remarqué que no sería posible, debido a otros compromisos y planes de viaje, reunirnos durante más de seis semanas. Penny aceptó mi ofrecimiento pero me dijo que el dinero suponía un problema para ella. ¿Podríamos acordar realizar los pagos a plazos en varios meses? Yo le garanticé que no habría ningún tipo de tarifa puesto que habíamos empezado a vernos como parte de un proyecto de investigación, y que en este punto yo no podía, actuando en conciencia, de repente cambiar nuestro contrato y cobrarle. De hecho, no tenía ningún problema en ver a Penny sin cobrar: había deseado tanto aprender más sobre la muerte de familiares, y ella estaba resultando ser una excelente profesora ¡. En aquella misma hora me había enseñado un concepto que me sería de gran utilidad para mi futuro trabajo con pacientes con duelo abierto: si alguien debe aprender a vivir con los muertos, mejor primero que aprenda a vivir con los vivos. Parecía que Penny tenía mucho trabajo que hacer en sus relaciones con los vivos – especialmente con sus hijos y quizás con su marido, y asumí que así sería como pasaríamos las seis sesiones.

EL MEOLLO DE LA CUESTION : MURIO LA PERSONA EQUIVOVADA

Murió la persona equivocada. Murió la persona equivocada. Nuestras dos sesiones siguientes iban a consistir en variaciones de este tema tan duro – un procedimiento que en terapia se conoce como “análisis factorial”. Penny expresó una rabia profunda hacia sus hijos – no sólo rabia por la forma en que vivían si no rabia porque vivían. Sólo después de todo lo que ella había pasado, sólo después de haberse atrevido a decir lo que había estado sintiendo durante los últimos ocho años  (desde la primera vez que escuchó que Chrissie padecía un cáncer mortal) –  que ella había renunciado a sus dos hijos, Brent, de dieciséis, al que no podía ayudar; y que ella había rezado durante años para que el cuerpo de Jim pudiera ser entregado a Chrissie (¿para qué lo necesitaba él?). Él moriría pronto en cualquier caso, por las drogas, por el SIDA…… ¿Por qué tenía que tener él un cuerpo sano y Chrissie, que amaba su pequeño cuerpo, tener el suyo devorado por el cáncer? – sólo cuando Penny había dicho todas estas cosas en voz alta , pudo detenerse y reflexionar sobre lo que había dicho.

Yo sólo podía sentarme y escuchar y de vez en cuando reafirmarle que esos sentimientos eran humanos, y que ella era tan sólo un ser humano por tener esos pensamientos. Finalmente era hora de ayudarle a mirar hacia sus hijos. Planteé una serie de preguntas, al principio más moderadas y gradualmente más desafiantes.

¿Habían sido sus hijos siempre difíciles? ¿Habían nacido con dificultad? ¿Qué había sucedido en sus vidas que les podría haber empujado a las decisiones que tomaron? ¿Qué habían sentido cuando Chrissie se estaba muriendo? ¿Cuán asustados estaban? ¿Alguien les habló sobre la muerte? ¿Cómo se sentían con la idea de comprar una tumba? ¿Una tumba junto a Chrissie? ¿Cómo se sintieron cuando su padre les abandonó?

A Penny no le gustaron mis preguntas. Al principio le sorprendieron, después le irritaron. Entonces empezó a darse cuenta de que ella nunca había considerado lo que había pasado en la familia desde la perspectiva de sus hijos. Ella nunca había tenido una relación positiva con un hombre. Y es posible que sus hijos hubieran pagado los platos rotos. Reflexionamos sobre los hombres en su vida: un padre (desaparecido de su memoria pero permanentemente vilipendiado por su madre) que la abandonó, al morir, cuando ella tenía ocho años; los amantes de su madre – una cola de desagradables personajes nocturnos que desaparecían al amanecer; un primer marido que la abandonó un mes después de su boda, cuando tenía diecisiete, y un segundo marido bobo y alcohólico que finalmente la abandonó por su aflicción.

Sin ninguna duda, ella había rechazado a los chicos durante los últimos ocho años. Cuando Chrissie estaba enferma, Penny había pasado excesivas cantidades de tiempo con ella. Tras la muerte de Chrissie, Penny seguía estando ausente para sus hijos: la rabia que sentía hacia ellos, en gran medida sólo porque estaban vivos en lugar de Chrissie, generó un silencio entre ellos. Sus hijos habían crecido duros y distantes, pero una vez, antes de que ellos reprimieran sus sentimientos con ella, le dijeron que habían necesitado más de ella: ellos habían deseado la hora que ella había pasado, durante cuatro años, ocupándose de la tumba de Chrissie.

¿El impacto de la muerte en sus hijos? Los chicos tenían ocho y once años cuando Chrissie desarrolló la leucemia . Que ellos podrían haber estado asustados por lo que le estaba pasando a su hermana, que ellos también, se afligieran, que ellos pudieran haber empezado a ser conscientes y a sentir miedo de su propia muerte: Penny nunca había considerado estas posibilidades. Y estaba el tema del dormitorio de sus hijos. La pequeña casa de Penny tenía tres dormitorios, y los chicos siempre habían compartido una mientras Chrissie tenía su propia habitación. Sin duda ellos tenían resentimiento por ese acuerdo mientras Chrissie estaba viva, sugerí, pero ¿qué hay del enfado de ellos cuando Penny rechazó dejarles usar la habitación de Chrissie tras su muerte?

Y ¿cómo se sintieron al ver los últimos deseos y el testamento de Chrissie en el refrigerador, durante los últimos cuatro años, pegados con una fresa metálica magnética?

Y cómo deben estar de resentidos con ella por sus intentos de mantener el recuerdo de Chrissie vivo al seguir, por ejemplo, celebrando ¡el cumpleaños de Chrissie cada año! Y ¿qué había hecho ella por sus cumpleaños? Penny se sonrojó y respondió de forma áspera a mi pregunta refunfuñando, “lo normal”. Sabía que me estaba acercando. Quizás el matrimonio de Penny y Jeff estaba destinado al fracaso, pero parecía poca cosa que la separación final fuera provocada por la aflicción. Penny y Jeff tenían distintos modos de afligirse. Penny se encerró en los recuerdos; Jeff prefirió la represión y la distracción. Que ellos fueran compatibles en otras cosas parecía irrelevante en este punto: eran ampliamente incompatibles en su aflicción, cada uno prefería un enfoque que interfería en el del otro. ¿Cómo podía Jeff olvidar, cuando Penny empapelaba las paredes con fotos de Chrissie, dormía en su cama y convirtió su habitación en un homenaje? ¿Cómo podía Penny superar su dolor cuando Jeff se negaba incluso a hablar de Chrissie, cuando (y esto inició una horrible pelea) se negó, seis meses después de su muerte, a asistir a la graduación en el instituto de la clase de Chrissie?

Durante la cuarta sesión el trabajo de aprender a vivir mejor con los vivos se interrumpió porque Penny planteó un problema diferente. Cuanto más pensaba en su familia, la muerte de su hija y sus dos hijos, más empezaba a pensar: ¿Para qué estoy viviendo? ¿Cuál es el sentido de todo? Toda su vida adulta había sido guiada por un principio: dar a sus hijos una vida mejor que la que ella tuvo. Pero ahora, ¿qué tenía para mostrar en los últimos veinte años? ¿Había desperdiciado su vida? Y ¿tenía algún sentido seguir desperdiciando su vida de la misma forma? ¿Por qué matarse para cumplir con los pagos de la hipoteca? ¿Qué futuro había?

Así que cambiamos el enfoque. Dejamos a un lado la relación de Penny con sus hijos y su exmarido y empezamos a considerar otra característica importante de los padres que han perdido a sus hijos – la pérdida del sentido de la vida. Perder a un padre o a un viejo amigo supone a menudo perder el pasado: la persona que murió podría ser el único testigo viviente de un tiempo dorado del pasado. Pero perder a un hijo supone perder el futuro: lo que se pierde es no menos que el proyecto de vida personal – por lo que una persona vive, cómo uno se proyecta a sí mismo en el futuro, cómo uno podría esperar trascender la muerte (de hecho, un hijo se convierte en el proyecto de inmortalidad de uno). Por tanto, en lenguaje profesional, la pérdida de un padre es una “pérdida de objeto” (el “objeto” es una figura que ha jugado un papel instrumental en la constitución del mundo interno personal); mientras que la pérdida de un hijo supone una “pérdida de proyecto” (la pérdida del principio de organización de vida central de la persona, que proporciona no sólo el por qué si no también el cómo de la vida). Sorprende poco afirmar que la pérdida de un hijo supone la pérdida más difícil de soportar, que muchos padres siguen afligidos cinco años después, y que algunos nunca se recuperan.

Pero no habíamos progresado mucho en nuestra exploración del objetivo de vida (no se pueden poner expectativas a ese progreso: la ausencia de objetivo es un problema de vida más que de una vida) cuando Penny cambió de nuevo el rumbo. Por ahora me había llegado a acostumbrar a que ella me planteara una nueva preocupación casi en cada sesión. No era, como pensé en un principio, que ella era volátil e incapaz de mantener el foco argumentativo de su proceso. Si no que, iba desplegando con coraje todas las capas de su aflicción.  Y me preguntaba cuántas más capas me iba a revelar en esta o en las siguientes sesiones……………….

Sobre la séptima sesión Penny dijo que ya no sentía esa conexión con Chrissie en sus visitas al cementerio (ahora sólo iba dos o tres veces por semana). Quizás evolución, sugerí, significaba que Chrissie de hecho se había ido a otra vida……

Tuvo un sueño sobre una boda que ella misma interpretó. El sueño era el siguiente:

Había una boda. Chrissie se estaba casando con un chico del barrio – un turco. Me tuve que cambiar la ropa. Estaba en una casa grande con forma de herradura, con un montón de pequeñas habitaciones, intentando una y otra vez encontrar la habitación adecuada para cambiarme. Seguí intentándolo pero no conseguí encontrar una adecuada.

Y, momentos después, un fragmento “agregado” donde adivine que estaba “trascendiendo”:

Estaba en un gran tren. Empezamos a ir más rápido y entonces se elevó y se introdujo en un gran arco en el cielo. Era muy bonito. Había un montón de estrellas. Allí en alguna parte, quizás en un rotulo…. (pero no puede ser, porque no puedo deletrearlo) estaba la palabra evolución –la palabra me dio un gran sentimiento.

Penny lo interpretó sobre sus propios matrimonios fallidos y su actual intento de cambiar de vida. Y evolución, además, se refería a ella, no a Chrissie. Penny estaba preparada para cambiar a algo más. Estaba completamente decidida a evolucionar y a tener éxito en el mundo elegante. Durante años, entre clientes en el taxi, ella había escuchado cintas para mejorar su vocabulario, sobre libros importante Shakespeare; Cervantes…. y para aprender a apreciar el arte. Sentía que tenía talento, pero nunca lo había desarrollado porque, desde que tenía trece años, se tuvo que ganar la vida. Si pudiera dejar de trabajar, hacer algo por ella misma, terminar el instituto, ir a la universidad a jornada completa, estudiar “sin pausa”, y “salir volando” de allí (¡como el tren de su sueño “despegando” hacia el aire!).

Algo empezó a cambiar en el discurso de Penny . En lugar de hablar sobre la tragedia de su hija, se pasó la octava sesión describiendo la tragedia de su propia vida. Mientras nos acercábamos a la ultima y novena sesión, sacrifiqué el resto de mi credibilidad y le ofrecí a Penny verla tres horas adicionales, justo hasta el comienzo de mi viaje sabático. Por una serie de razones, encontré difícil concluir: la mera enormidad de su sufrimiento me obligaba a permanecer con ella. Estaba preocupado por ella y me sentía responsable por ello: semana tras semana, a medida que emergía nuevo material, se había vuelto progresivamente más deprimida. Me impresionaba su uso de la terapia: nunca había tenido un paciente que hubiera trabajado de forma tan productiva. Por ultimo – y para ser del todo honesto – estaba atónito con su revelador drama, y con cómo cada semana me ofrecía un episodio nuevo, emocionante y completamente impredecible.

LA BOMBA

Penny recordó su infancia en Atlanta, Georgia, de una forma realmente extremadamente triste y pobre. Su madre, una mujer amargada y desconfiada, lo pasó muy mal para dar de comer y vestir a Penny y a sus dos hermanas. Su padre se ganaba la vida decentemente como repartidor en unos almacenes, pero era, confiando en la visión de su madre, un hombre insensible e infeliz que murió de alcoholismo cuando Penny tenía ocho años. Cuando su padre murió, todo cambió. No había dinero. Su madre trabajaba doce horas al día lavando ropa y pasaba la mayor parte de las noches bebiendo y recogiendo hombres en un bar de la zona. Fue entonces cuando Penny empezó a quedarse sola en casa.  Su familia nunca volvió a tener un hogar estable. Se mudaban de un apartamento a otro, a menudo obligadas a marcharse por no pagar el alquiler. Penny comenzó a trabajar a los trece, dejó la escuela a los quince, era alcohólica a los dieciséis, se casó y se divorció antes de los dieciocho, se volvió a casar y se escapó a la Costa Oeste a los diecinueve, donde se dedicó a criar a tres hijos, comprar una casa, enterrar a su hija, y a pagar la entrada de una gran tumba.

Me sentía particularmente impresionado por dos temas importantes que Penny contó de su vida. Uno era que ella se sentía maltratada por la vida, que las cartas del destino se habían vuelto contra ella cuando tenía ocho años; que su deseo más profundo para su próxima vida, para ella y para Chrissie, era ser “apestosamente ricas”.    Y el otro tema era “escapar”, no sólo escapar físicamente de Atlanta, de su familia, del ciclo de pobreza y alcoholismo, sino escapar de su destino de convertirse en una “señora mayor pobre y loca” como su madre; Penny supo recientemente que su madre, durante los últimos años, había sido hospitalizada varias veces en un psiquiátrico.  Escapar del destino – del destino de la clase social y de su destino personal de “señora mayor pobre y loca” – era el principal objetivo en la vida de Penny. Vino a verme para escapar de volverse loca. Ella podía cuidarse, dijo, de no ser pobre. De hecho, fue el impulso de escapar de su destino lo que alimentó su adicción al trabajo, lo que la mantenía trabajando durante largas y extenuantes horas. Resultaba irónico, también, que su impulso por escapar del destino de pobreza y fracaso fue detenido sólo por un destino más profundo – la limitación inherente de la vida. Penny, más que la mayoría de nosotros, nunca se había enfrentado a la inevitabilidad de la muerte. Ella era por antonomasia una persona activa – pensé en su persecución a los camellos por la autopista – y en que una de las cosas más difíciles que enfrentó durante la muerte de Chrissie fue su propia impotencia.  Pese al hecho de que me había acostumbrado a que Penny hiciera nuevas revelaciones importantes, no estaba preparado para la bomba que soltó en nuestra undécima y penúltima sesión. Habíamos estado hablando sobre el fin de la terapia, y ella describió que se había acostumbrado a verme y lo difícil que sería despedirse la semana que siguiente, y cómo perderme supondría otra ”pérdida en su cadena de pérdidas, y entonces mencionó de forma casual, “¿le he dicho alguna vez que tuve gemelos cuando tenía dieciséis años?”

Quería gritar, ¿qué? ¿gemelos? ¿a los dieciséis? ¿qué quieres decir con “si le he dicho alguna vez? ¡Maldita sea, tú sabes que no me lo has dicho! Pero, teniendo en cuenta que sólo quedaba el resto de esta sesión y la siguiente, tuve que obviar la forma en que me hizo esta revelación, y tratar la noticia en sí misma.

“No, nunca me lo habías dicho. Cuéntame”.

“Bueno, me quedé embarazada a los quince. Por eso dejé la escuela. No le dije nada a nadie hasta que era demasiado tarde para hacer algo, así que seguí adelante y tuve a los bebés. Resultó que tuve dos niñas gemelas”. Tomándose una pausa, Penny se quejó de un dolor en la garganta. Obviamente era más difícil de contar de lo que ella aparentaba.

Pregunté qué le pasó a las gemelas.

“Asuntos Sociales dijo que no estaba capacitada para ser madre – estaban bien, supuse – pero me negué a entregarlas e intenté cuidar de ellas pero, después de seis meses, se las llevaron. Las visité un par de veces – hasta que fueron adoptadas. No he sabido nada de ellas desde entonces. Nunca intenté averiguar nada. Dejé Atlanta y no volví a mirar atrás”.

“¿Piensas mucho en ellas?”

“No hasta ahora. Aparecieron en mi mente un par de veces justo después de que muriera Chrissie, pero sólo han sido las dos últimas semanas que no dejo de pensar en ellas. Pienso en dónde están, cómo les va, si son ricas – fue el único favor que le pedí a la agencia de adopción. Dijeron que lo intentarían. Ahora leo historias en los periódicos todo el tiempo sobre madres pobres que venden sus hijos a familias ricas. ¿Pero qué demonios sabía yo entonces?”

Pasamos el resto de esta hora y de la última explorando las ramificaciones de esta última información. De forma curiosa, su revelación nos ayudó a tratar el final de la terapia, puesto que nos llevó a completar el círculo, de nuevo al comienzo de la terapia, de nuevo a ese hasta entonces misterioso primer sueño en el que sus dos hijos pequeños, vestidos como niñas, estaban expuestos en una institución. La muerte de Chrissie y la profunda decepción de Penny con sus dos hijos debía haber prendido su arrepentimiento por haber entregado a las niñas, debía haberle hecho sentir que no sólo murió la hija equivocada, si no que las niñas equivocadas fueron adoptadas.

Le pregunté si se sentía culpable por haber entregado a las niñas. Penny respondió que de hecho hizo lo mejor para ella y para las niñas. Si ella, a los dieciséis, se hubiera quedado con sus hijas, habría acabado con la misma vida que tuvo su madre. Y hubiera sido un desastre para las niñas; no podría haberles dado nada al ser madre soltera – y fue aquí cuando supe más acerca de por qué Penny me había ocultado lo de las niñas previamente. Se sentía avergonzada, avergonzada de decirme que no sabía la identidad del padre. Había sido muy promiscua en su adolescencia, de hecho era “la guarrilla blanca del instituto” (su término), y el padre podría haber sido cualquiera de entre diez chicos. Nadie en su vida ahora, ni siquiera su marido, conocía su pasado, sobre sus gemelas o su reputación en el instituto – eso, también, era algo de lo que intentaba escapar.

Terminó la hora diciendo, “Usted es la única persona que sabe esto”.

“¿Cómo se siente al decírmelo?”

“Es una mezcla. He estado pensándolo mucho para decírselo. He estado hablando con usted toda la semana”.

“¿Cómo es la mezcla?”

“Miedo, bueno, malo, arriba, abajo”. Penny lo dijo rápidamente. Intolerante a conversar sobre sentimientos delicados, se estaba irritando. “Con miedo a que me juzgue, supongo. Quiero terminar la última sesión la semana que viene y que usted aún me guarde respeto”.

“¿Cree que no se lo tengo?”

“¿Cómo lo puedo saber? Usted sólo hace preguntas”.

Tenía razón. Se estaba acabando nuestra undécima sesión – no había tiempo para que me escondiera”.

“Penny, no tengas ningún tipo de preocupación por mí. Cuánto más sé de ti, más me gustas. Estoy lleno de admiración por lo que has superado y lo que has hecho en la vida”.

Penny rompió a llorar. Señaló su reloj y me recordó que se nos había acabado el tiempo y salió rápidamente de la oficina con la cara llena de Kleenex. Pegados a ella…  Una semana después, en nuestro último encuentro, supe que las lágrimas habían continuado durante la mayor parte de la semana. De camino a casa en su visita anterior, se detuvo en el cementerio, se sentó junto a la tumba de Chrissie y, como hacía a menudo, lloró por su hija. Pero aquel día las lágrimas parecían no tener fin. Se tumbó, se abrazó a la tumba de Chrissie, y comenzó a llorar con más fuerza – ahora no sólo por Chrissie si no también, finalmente, por los demás, todas sus otras pérdidas. Lloró por sus hijos, por los años irrecuperables, por el naufragio de sus vidas. Lloró por los gemelos que nunca conoció. Lloró por su padre – quien fuera, quien fuera que fuese-. Lloró por su marido, por los tiempos de juventud desvanecidos y de esperanza que habían compartido. Lloró incluso por su pobre y anciana madre y por las hermanas que había borrado de su vida veinte años atrás. Pero sobre todo lloró por ella misma, por la vida que soñó y que nunca vivió.  Lloró… y mucho….

Pronto, nuestro tiempo se acabó. Nos levantamos, caminamos hacia la puerta, nos dimos un abrazo y nos separamos. Observé como bajaba las escaleras. Me vio observarla, se giró y dijo, “No se preocupe por mí. Estaré bien. Recuerde – y saco una cadena de plata que llevaba alrededor de su cuello – “me quedaba sola en casa hasta bien tarde cuando era niña”.

EPILOGO

Vi a Penny una vez más, un año después, cuando regresé de mi año sabático. Para mi alivio, había mejorado mucho. Aunque me había asegurado que estaría bien, yo había estado muy preocupado por ella. Nunca había tenido un paciente con tanta capacidad de revelar semejante material tan doloroso en tan poco tiempo. Ni nadie que llorase tan ruidosamente. En nuestra primera sesión Penny me había dicho, “Tan sólo ayúdeme a empezar. Yo me ocuparé del resto”. En efecto, eso es lo que sucedió. Durante el año siguiente a nuestra terapia, Penny no fue a la consulta del terapeuta que le había sugerido pero había continuado haciendo progresos por su cuenta.   En la siguiente sesión era evidente que su aflicción, que había estado tan congestionada, se volvió más fluida. Penny aún era una mujer obsesionada, pero sus demonios ahora moraban en el presente y no en el pasado. Ahora sufría, no porque había olvidado los eventos que envolvían la muerte de Chrissie, si no por la forma en la que había desatendido a sus dos hijos. Se había dado cuenta. De hecho, su conducta con ellos era la evidencia más tangible del cambio. Ambos hijos habían regresado a casa, y aunque los conflictos madre hijo aún se sucedían, eran de diferente índole. Penny y sus hijos habían dejado de pelear por los pagos de la tumba del cementerio y por las fiestas de cumpleaños de Chrissie; ahora  discutían porque Brent tomaba prestada la camioneta y por la incapacidad de Jim de mantener un trabajo. Algo mas normal.

Además, Penny había seguido paulatinamente despegándose de Chrissie. Sus visitas al cementerio eran más breves y menos frecuentes, había dado la mayor parte de su ropa y sus juguetes, y su habitación pasó a ser de Brent; quitó los últimos deseos y el testamento de Chrissie de la nevera, dejó de llamar a los amigos de Chrissie y dejó de imaginar los eventos que ella estaría viviendo – por ejemplo el baile de graduación o su solicitud para la universidad.

Penny era una superviviente.  Pienso que lo supe desde el principio. Recordé nuestro primer encuentro y lo decidido que estaba yo de no quedar atrapado en ofrecerle terapia. Aún así, Penny consiguió lo que quería: terapia gratis de un catedrático de Stanford. ¿Cómo había ocurrido eso? Simplemente las cosas salieron así el Universo no juega a los dados decía Einstein  ¿O me había el manipulado ella?  O  quizás, ¿era yo quién había hecho la manipulación? Realmente no importaba. Yo, también, había sacado provecho de aquella relación. Yo quería aprender sobre la muerte de seres queridos y Penny me había llevado, en sólo doce sesiones con el corazón partido  al mismísimo núcleo de la aflicción.

Para la mayoría de la gente, la pérdida más grande que se puede soportar es la de un hijo. Entonces la vida parece haber enviado un tsunami que se lleva todo lo realmente importante : los padres se sienten culpables y asustados ante su propia incapacidad para actuar; están furiosos ante la impotencia y la aparente insensibilidad de los cuidadores; y ven como el resto del mundo camina como si nada y eso les puede llevar a quejarse de la injusticia de Dios o del universo (muchos finalmente consiguen entender que lo que parecía injusticia es en realidad indiferencia cósmica a no ser que se trascienda y se pueda llegar a ver que la muerte y la perdida de alguien puede ser la puerta que se abra a reescribir el guión de tu vida y terminar  de mejorar tu proceso vital…. a veces perder es ganar. A eso habría que unir el hecho de que los padres que han perdido hijos además, por analogía, afrontan su propia muerte: no han sido capaces de proteger a un niño indefenso, y al igual que la noche sigue al día comprenden la amarga verdad de que, cuando les llegue su turno, su propia muerte; tampoco ellos tendrán protección. “Y por tanto”, como John Donne escribió, “nunca envíes a nadie para saber por quién suenan las campanas, suenan por ti”.

Y ahora. Como no los deberes ….. ¿has vivido alguna vez  alguna experiencia donde  perder finalmente con el tiempo hayas podido ver que es “ganar”?  ¿ has vivido alguna experiencia en la que a priori nada tenia sentido ante el tremendo tsunami al que te enfrentabas y con el tiempo gracias a aquello pudiste transcender y subir un escalón en tu vida?

La trascendencia de esta historia esta en la frase  “uno debe aprender a vivir con los vivos antes de poder aprender a vivir con los muertos”. De muchas maneras los que se quedan son las verdaderas víctimas de la tragedia – como es a menudo cierto en los hermanos de niños que han muerto.  A veces, como en la familia de Penny, los hijos vivos sufren porque la mayor parte de la energía de los padres es para el hijo fallecido, que es recordado e idealizado. Algunos hijos vivos se llenan de resentimiento hacia su hermano fallecido por reivindicaciones tales como el tiempo y la energía de los padres; a menudo el resentimiento existe codo con codo con su propio dolor y su falta de entendimiento ante el dilema de los padres. Semejante combinación es una fórmula perfecta para la culpa del hijo vivo y para un sentimiento percibido de falta de valor y de bondad. Además está el tema de la sobreprotección como si se pudiese evitar y controlar todo incluso lo incontrolable; en el seguimiento que Penny se había vuelto temerosa de que sus hijos condujeran, era reacia a prestarles la camioneta, y obstinadamente se negaba a permitirles comprarse una motocicleta. Además, insistía en que se realizaran frecuentes e innecesarios chequeos médicos para detectar un supuesto  cáncer.

La terapia tiene mucho que ofrecer a los padres afligidos. El tratamiento de pareja puede iluminar las fuentes de la tensión marital y ayudar a cada cónyuge a conocer y a respetar el tipo de lamento del otro. La terapia individual puede ayudar a modificar el lamento no productivo. Aunque hay que ser cautelosos con las generalizaciones, en este caso los estereotipos hombre-mujer a menudo son ciertos. Muchas mujeres, como Penny, necesitan transitar por la repetitiva expresión de su pérdida y sumergirse en el compromiso con los vivos, con proyectos, con todas las cosas que pueden proporcionar significado a sus propias vidas mientras que los hombres normalmente debemos aprender a experimentar y a compartir (en lugar de reprimir y evadirse) su tristeza.

He querido contar esta maravillosa historia,  aunque muy larga, y editarla en este blog para subrayar el concepto de trascendencia y como se anuncia inconscientemente en sus sueños – el del tren en el aire y la evolución, y el de la boda y la búsqueda de una habitación para cambiarse – le guiaran hacia el excepcionalmente importante descubrimiento de que su dolor por Chrissie se mezclara con su dolor por ella misma y por sus propios deseos y su potencial no realizados.

Por ultimo añadir un pensamiento reconfortante que un profesor compartió conmigo al comienzo de mi formación: “Recuerda, tú no puedes hacer todo el trabajo. Siéntete contento de ayudar a un paciente a darse cuenta de qué es lo que debe hacer y entonces confía en su propio deseo de él o ella para crecer y cambiar.” A eso se le llama terapia……y todos deberíamos pasar por ella…….

Un beso a todos

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