3. Una manga de once varas.

25 noviembre, 2018 por Nosolodoctor Dejar una respuesta »

El trabajo duro hacia el exito es silencioso, la caída y el linchamiento siempre es ruidoso.

Antiguamente, en la Edad Media, durante la ceremonia de adopción de un supuesto hijo adoptivo, el padre que adoptaba  debía introducir al futuro hijo adoptado por una manga de una camisa de once varas, claro, sacándolo por el cuello para posteriormente darle un fuerte beso en la frente como prueba de la aceptación de la paternidad. La vara (835,9 mm) era una barra de madera o metal que se usaba en aquel entonces para medir cualquier cosa. En aquel contexto once varas equivalían a más de 9 metros, dando a entender que se trataba de una camisa con una manga exageradamente grande, en la misma medida de lo que el futuro le iba a “caber” de amor y bendiciones.  Sin embargo,  ocurría que,  a veces,  estas adopciones no eran del agrado del hijo adoptivo, y entonces se le recomendaba a éste que no se metiera en esa camisa de once varas (que no se dejase adoptar), vaya a ser que se arrepintiera.

En metafísica el número once se consideraba un número indefinido situado más allá del 10, que significaba la plenitud, y cuyo significado era “demasiado”, y por esto se entendía que era una camisa demasiada larga… para que fuera bueno.

Hoy día la expresión meterse en camisa de once varas, se usa cuando una persona se complica la vida inmiscuyéndose o dejándose contaminar en asuntos o problemas que no le son propios, y entonces un tercer observador  le aconseja que no se meta en camisa de once varas. Cuando a alguien se le dice  que se está metiendo en camisa de once varas significa que se complica  (y/o la complica a los demás) la vida innecesariamente. Otras veces  se aplica a aquellas personas que por ser excesivamente serviciales prometen cosas que no pueden dar o que no dependen de él, no con ánimo de estafar, sino por las ganas en demasía  (once varas) de complacer a la otra persona. Pongamos el caso de un amigo que tiene un problema con su coche, y lo necesita inmediatamente porque precisa irse al día siguiente de viaje, y le decimos que se lo miramos y que  al día siguiente se lo tienes arreglado fijo, y que no hace falta que lo lleve a un mecánico que le va a dar gato por liebre. En ese caso nos estaríamos metiendo en una camisa de once varas. Este punto es una falla importante en nuestro sistema evolutivo, tanto para la persona que ofrece la camisa de once varas, como de la persona que confía en el gran facilitador.

A esta altura del crecimiento espiritual no es congruente depositar un exceso de confianza en alguien semejante a ti. En palabras del Zohar: “maldito el Hombre que confía en el Hombre”.

¿Entonces qué?,  ¿confiamos?, ¿ayudamos?. Lo recomendable es esperar a que te pidan tu opinión, al menos tres veces, y contestar siempre “te digo ésto porque me lo preguntas, y te lo digo desde mi verdad, pues habría que  ponerse en tus zapatos para vivir la realidad que estás viviendo”.  Desde mi posición yo haría…, bla, bla, bla….

Porque la manta que toca hoy quitar es la del orgullo de ser útil a la humanidad para así ser querido y respetado, así como en el caso de la “víctima”, evitar  depositar la confianza en una instancia probablemente inferior a la suya propia.

El problema de meterse en camisas de once varas  es, que tanto el equivocado como la victima, reaccionan malamente tras conectar con la realidad al pasar a relacionarse con el entorno a partir de ese momento a través del sentimiento.

Cuando se pasa de la “emoción”  al “sentimiento”, perdemos en un día todo lo que hemos  ido atesorando toda una vida. Cuanto más nos alejamos  de la voz interior que es nuestro pensamiento, más nos desborda las emociones, y  más nos alejamos de nuestra conciencia relacional, y entramos más en el dominio de los instintos de supervivencia ante la decepción (unos con odio, otros con revancha, otros con venganza y otros con ambos, o con todo el abanico de los sentimientos activados).

Lo malo es que este sentimiento redunda en la palabra, y cuanto más alejada esté la voz interior de  la voz que emitimos, menos “verdadera” y objetiva será la “realidad” que estamos viviendo.

Lo malo de esto es que nuestro entorno, las personas que nos rodean y que nos retroalimentan, se crea en función de lo que decimos y hacemos, y no en función de nuestro pensamiento y/o voz interior y, claro, al entrar en la dinámica sentimental creamos un entorno (un contra-entorno) que refuerza y alimenta ese odio, revancha y/o  venganza que expresamos en nuestro dolor. Y es “ahí”, en ese momento cuando empleamos en nuestro discurso palabras como “mala suerte”, “injusto”, “no me lo merezco” etc…

Lo malo de la “manga ancha” es que al ser una manga de nueve metros no solo caben  el damnificado y su entorno sino también otros entornos y victimas que han vivido situaciones similares, y que conectan con el discurso público del primero, llenándose la manga de más voces que jalean lo mismo, y la manga no se llena, tarda en llenarse porque para eso era “ancha”.

Las palabra que decimos, las emociones que sentimos, al hacer lo que hacemos y el sentimiento con el que decimos lo que decimos, crea el nuevo orden social con el que nos relacionamos,  alejándonos cada vez más de nuestro propósito, y nos arrastra como una riada “sentimental” (y por tanto subjetiva) que nos lleva a  “desaparecer”.

Tal como decíamos el 16 de Abril del 2015, cuando empezamos a subir por esa escalera para quitarnos esa sombra número 50 de obligado paso, para trascender del estado de engreimiento (instinto + sentimiento) personal a otro más evolucionado y abierto que culminase en sacudirse la última sombra (sombra 1), que permita pensar, escuchar, sentir, detenerse, comprender,  para luego hablar y finalmente “hacer.  Un camino difícil no exento de trampas emocionales, que te pondrá tu propio  EGO, el cual no está interesado para nada en cederle el poder al Alma.

De ahí que sostengamos en estos escritos que atravesar los dictados de la vida, y pasar de un estado de “desnudez”  espiritual al de investirse con el ropaje de la dignidad humana, solo depende en primera instancia de tirar de  la manta adecuada que opacifica un determinado nivel de luz, así como llevar una camisa con manga larga pero de nuestra talla en la que solo quepa nuestro brazo.

Recordad que la primera sombra a desmantelar  era la del miedo a la muerte. La muerte del Ego que nos hace preferir “malo conocido” que “bueno por conocer”. En esta sombra, a dos del final, el miedo a haber hecho el ridículo, el miedo a perder la partida, el miedo a lo que habrán pensado los demás, el miedo a lo que sufre mi entorno, nos puede hacer regresar a la casilla de inicio en un “plis plas”.

Así que te queda la palabra, te queda saber si la palabra representa tu pensamiento o si la palabra expresa tu sentimiento. Ufff…

 

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1 comentario

  1. David dice:

    Gracias Joseph.
    Cierto y tan cierto. Quien soy yo para dar consejos, quien soy yo para salvar al mundo si no puedo ni salvsrme a mi mismo. No se si por orgullo o por baja autoestima yo me he metido a veces en camisa de 11 varas.
    Nunca me ha gustado, criticar o aconsejar pero si me he inmiscuido queriendo ayudar ,gran error.
    Estiy buscando mi salvación y soy feliz y tambien apoyaré o ayudaré al que me lo pida con xinceridad.

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