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A veces, hablar es medicina

31 julio, 2012

by Nosólodoctor, Nosóloyoda y Ángel 9

Hace tiempo que tenemos sobre nuestro tablero una entrada pendiente sobre la depresión, el sufrimiento y las no ganas de vivir. Una paciente me comentó el extraño caso de una chica de 17 años llamada Cristina que, un buen día, simplemente porque sí y sin avisar, decidió poner un punto y final a su partida con la vida; simplemente, tiró sus naipes y decidió no jugar más… El íntimo amigo de esta chica, Manuel Batana, le compuso una canción  (incluida en el álbum Lágrimas al Sol) que, la verdad, cuando la escuché me dio mucho mucho qué pensar. Os dejamos la letra:

Las cosas por contarte como van te digo…

el ruido de los trenes por la madrugá…

tu barrio de siempre con los mismo vecinos…

Todo, todo, sigue igual.


Sólo Varía, el triste amanecer de tus hermanas,

la luz que ya no entra por tu ventana,

y pena de por vida familiar…


Me gustaría, haber estado al lado de tu cama,

haberte hablado hasta por la mañana,

seguro que ahora no te cantaría.


Dime por qué te fuiste de aquí sin despedirte,

tanta falta le hiciste a Dios,

que no pudiste ni esperar a que sonara tu reloj.

Dime si al llegar no te han reñido tus abuelos,

si los ángeles te han hecho ya reina del cielo,

cada noche en sueños creo verlo yo.


Cristina, Cristina, a veces hablar es medicina.

Cristina, Cristina, yo prefiero cantarte que llorar.


Nosotros ya te puedes figurar,

vivimos la vida tan deprisa en esta gran ciudad.

Le gente corre como juego de chiquillos.

Todo, todo sigue igual.


Sólo Varía, el llanto de tu madre en la almohada,

la casa con tus fotos adornadas,

el único consuelo de rezar…

Dime si algún día este dolor tendrá consuelo,

que compense la amargura de tu eterno duelo,

dime si es verdad que así lo quiso Dios.

Entre otras cosas, lo que este nosólocantautor malagueño no comprendía era la falta de comunicación de ella ¿cómo es que no dijo nada de su displacer vital? y le contesta con el estribillo  “Cristina, a veces, hablar es medicina” Y es cierto, a veces,  hablar lo justo y necesario puede hacerte tocar el cielo con los dedos como muy bien se ve en la preciosa escena de esta singular pelicula que así empieza…

Es normal llorar con historias como la de Cristina, no conozco a nadie que no lo haga… pero la intención de esta entrada es subrayar la importancia de la escucha “activa” a la gente que nos rodea; que a veces “no hablan” por no molestar  y que nos demos cuenta de lo importante que es hablar alto y claro cuando se está aislado del mundo. Nadie debería tocar  a la puerta del Cielo antes de que lo diga su reloj… quizás muchos de nosotros hayamos pasado por esa nube temporal de no saber qué pintamos aquí; y sabemos lo que le debemos a la terapia, al terapeuta, a los amigos… seguir enchufados al sufrimiento pero también a la expectativa y a la ilusión. ¿Se acuerdan de la entrada del 27 de junio, Polaridad: amarga dulzura? Pues eso, hablemos…

Les contamos un poco la peli de Cuando un hombre ama a una mujer que hemos elegido como soporte audiovisual de esta entrada y luego concluimos… Alice (Meg Ryan) está “felizmente” casada con Michael (Andy García), que es piloto comercial. Cuidan de dos hijas: la mayor es sólo de ella pero él la ha criado como suya y la pequeña es de ambos.  Salen y se divierten, las niñas crecen bien… pero ella es alcohólica. Él lejos de recriminarle nada… al contrario, la mima, la cuida, la excusa, la protege, se lo soluciona todo… hasta que un día toca fondo y llega tan borracha que abofetea a su hija y pierde el conocimiento en la ducha cayendo sobre la mampara después de haber ingerido vodka con aspirinas. Su hija la creyó muerta y Michael estaba volando. Después de eso, Alice ingresa en un centro de desintoxicación y allí ella se integra muy bien con el resto de pacientes… se siente comprendida.  Tanto que al salir de la clínica mantienen el contacto y su marido cada vez tiene menos espacio en su vida y ella se siente más cómoda con sus compañeros que con su esposo… Cuando surge el tema, y él le propone arreglarlo, ella le echa en cara que la cuide y la proteja siempre, que la haga sentir inútil, desvalida, que siempre la reparase, que le da la sensación de que la prefería alcohólica porque así el sólo tenía que “recomponerla” de su resaca como el héroe del cuento y no asumir la realidad… y se separan… Después de que ella dé su discurso en alcohólicos anónimos él le dice esto:

No se dónde lo leí o si es una cita célebre, pero me impactó, “el suicidio es una decisión permanente, para un problema temporal”. Cada día, por inercia, o por nuestro instinto innato de supervivencia, nos enfrentamos a lo duro que a veces resulta simplemente eso, VIVIR; por eso, de la misma forma que los atletas se preparan para las olimpiadas, tenemos que implicarnos en el entrenamiento diario, aprendiendo a sentir el dolor, en lugar de reaccionar ante él porque, de lo contrario, nuestra vida se convierte en un fumadero de opio, donde se corre el riesgo de que nos dejemos llevar, entre mullidos cojines, por la embriagante anestesia de la rendición.

Si aprendemos a hablar de nuestra vida, podemos tener otra vida, eligiendo conscientemente huir del peligro que supone ese “falso pudor” de no contarle nuestras “miserias” a nadie ¡Cómo si cada cual no cargase su propia mochila! Ya lo dice REM “Todo el mundo sufre” y la principal causa es que nos vemos como enemigos los unos a los otros y activamos las defensas si alguien se acerca. Pero ¿sabéis qué? Como en la película que ponemos hoy, cuando te abres a alguien o a un grupo de gente y lo haces de verdad, mostrando no sólo tu parte más maqueada, sino también lo que consideras tu versión más desastre, estás dando pie a que esa/s otra/s persona/s hagan lo propio. Y de pronto, comprendes que puedes amar tanto las luces como las sombras de la gente (de hecho comprendes que no se puede amar si no se incluyen ambos) y que tú también eres gente y puedes ser amado con tus luces y tus sombras y entonces… desaparece el miedo a ser atacado y se experimenta la verdadera paz, no la paz armada, no la guerra fría donde todo es una aparente cordialidad enmascarada por un protocolo de conservación… sino una paz abanderada por el amor sin juicios, el amor desinteresado que no necesita que quien tienes enfrente sea igual a ti para reforzar tu personaje, sino que su diferencia te hace sentir maravillado ante la posibilidad de aportarte nuevos matices y nuevos aspectos, hasta ahora desconocidos, de la Vida.

Queremos abandonar la vida cuando sentimos que no tiene otra cosa que aportarnos que separación, sufrimiento, angustia… pero es sólo porque no nos abrimos a todo lo que la Vida está dispuesta a entregarnos, porque esperamos cruzados de brazos en lugar de abrirlos de par en par para abrazar Todo lo que se nos pone por delante.



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