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19. Evita el “des” propósito

15 agosto, 2017

De 50 sombras de enGREYdos

El pasado 3 de abril del 2011 contaba en este mismo blog  la historia de mi “profe” de superación personal que un mal día enfermó, y próximo a morir  nos reunió y nos pidió que le acercáramos su propia “libreta de superación personal”.

Era una libreta donde cada uno escribía sus metas y objetivos semanales, su propósito de vida. Él, también tenía la suya. Fuímos a su estante y, tal cual como estaba,  se la entregamos. A continuación se levantó de la cama,  cogió una palangana,  roció con alcohol su libreta y le prendió fuego.

Estábamos en silencio,  mis compañeros de estudios y yo. Adivinando nuestra pregunta nos dijo muy bajito: “no quiero que cuando me vaya penséis que soy lo que no soy”.

Tardé años  en comprender aquella enseñanza. La “autenticidad”,  la “verdad” y la “honestidad”: su libreta de autosuperación personal planteaba objetivos y superaciones de tan alto nivel  que probablemente nosotros,  sus discípulos,  tras su muerte hubiésemos tenido la tendencia a sublimarlo como algo más que un ser humano cuando viéramos la envergadura de sus retos y logros.

Hasta ese punto puede un Maestro dar una lección: “cuando ya no permanece en el mundo físico”. Y la lección consistía en que debemos ponernos “metas y objetivos”, aunque sepamos que están fuera de nuestro alcance. Dichos objetivos y metas son para “nosotros mismos” y no un estandarte a enseñar para que los demás vean nuestra “dimensión” personal…

Toda acción requiere antes una “voluntad” que se traduce en un “propósito” que finalmente se convierte en la “acción final”. Cuando la acción es inconsciente y no tiene propósito, resulta difícil “encajar” a posteriori el propósito de la acción una vez manifestada esta. Y así es muy difícil encontrarle un sentido a nuestras acciones.

La sefira de “DAAT”  es la que surge de fusionar sabiduría (idea, propósito) con conocimiento, y la encargada de hacernos discernir entre los actos conscientes (y por tanto con responsabilidad y con sentido) de los que no lo son.  

 Al que discierne se le llama Tsadik (justo), y está  representado por el valor de la letra tsadik (צ), que vale 90 o lo que es lo mismo 10 veces 9 (el número de la maestría). Una por cada nivel sefirótico.

El Justo (tsadik) se diferencia del estado anterior (el del Maestro)  en que él sabe por qué está en el mundo.  Su misión y cuándo se va a “ir”.  Sabe que los que le rodean no son peores que él,  sino probablemente “mejores”, pero que no tienen conciencia de ello.

Llegar a este nivel no es fruto de la suerte,  ni de la casualidad,  es algo trabajado que denota haberse trazado una meta objetiva que hemos escrito en nuestro GPS mental.

26. Evita la sofistificación innecesaria

1 octubre, 2016

(De las 50 sombras de en GREYdos)


Alguien preguntó cierta vez al Rabí Najmán de Breslev: “Cuándo estoy rezando… ¿qué pensamientos debo tener en mente?

“¡¿No te es suficiente pensar que estas rezando?!” contestó el Maestro.

La vida puede ser simple y también a veces puede ser complicada. Depende de lo que nosotros hagamos de ella. Por eso lo deseable es que aspiremos a ser uno de esos que hacen “fácil” lo “difícil” porque entonces estamos consiguiendo mantener la vida en “modo” simple.

En este mundo la dualidad se expresa en acción/intención, útil/vano, dar/recibir y también, en el tema que nos ocupa, “simple” versus “complejo”, y esto último depende de nosotros. En todos los órdenes de la vida es admirable quien hace algo difícil de una forma fácil. Con simpleza es posible lograr mucho más que a  través de la maraña de la complejidad.

Pídele a cualquiera que te  describa a una persona simple y probablemente te describirán la imagen negativa de alguien de pocas luces, tonto e incluso imbécil. En el mejor de los casos, decir que alguien es simple evocaría  la imagen de algo intrascendente. Por eso tendemos a sobresofisticarnos para evitar la risa y la indulgencia de la masa crítica.

Muchas veces creemos que ser espiritual es lo contrario de ser “primario” y estamos tentados de “sofisticarnos” para aparentar  que entendemos por encima del bien y del mal. Pues… no. No es así. Así probablemente causemos la burla o la carcajada de nuestros observadores amen de reconocer que no somos nosotros mismos y menos aún espontáneos.   Curiosamente, la simplicidad — el arte de hacer las cosas por el camino más fácil y más corto –no es una cualidad fácil de obtener.

La palabra hebrea que designa a la persona simple: “tam” no significa simple de mente y falto de inteligencia, sino alguien sin presunciones, sincero y directo, que  no actúa con engaño y evita la manipulación y los razonamientos tortuosos. En cuanto a la palabra “simple”, en sí, ésta implica plenitud (que no necesita nada más). La simpleza denota algo puro y no adulterado. Así, vivir la vida de manera simple, significaría adherirse a lo esencial, comportándonos de forma realista, y evitando todo tipo de complejidades y sofisticaciones que nos hagan parecer lo que no somos o decir lo que no pensamos…, o a hacer lo que no queremos…

Citando un proverbio del Rey Salomón (Proverbios 10:9), “Aquél que sigue el camino simple, anda seguro”. De hecho, insiste el Rabí Natán, “tal persona nunca tropezará. Y aunque se equivoque e inadvertidamente caiga  de seguro se mantendrá firme en sus convicciones  de que existe un proceso en el cielo a través del cual todo es dirigido para el bien” (rabi Natan Likutey Halajot, Devarim Min HaJai 4:49). Porque como  dijo el Rey David (Salmos 116:6): “Dios protege al tonto”.

Aún más, el más sabio de los mortales hasta la fecha: el Rey Salomón,  llegó a escribir “El tonto cree en todas las cosas” (14:15). Aún esto que parece algo peyorativo por su excesiva simpleza también es bueno y recomendable  pues  mientras uno crea en aquello que es falso, también creerá en lo verdadero. En esto tendrá ventaja sobre la persona sofisticada y escéptica de todo, que solo cree en lo que cree y termina ridiculizando todo, incluso a  “la propia verdad”.

Hemos elegido a David Garret y su versión  de  Star Warr para cerrar este artículo porque sorprende todo lo que dice con sólo un violín…

La voz sin Rey.

30 julio, 2011

Ya saben ustedes que nos gustan los maestro y nosotros sabemos que a ustedes también. Por eso este sábado  hacemos un fundido en tsim-tsum para que entre todos escribamos   la entrada de hoy.

¿Cuales creen ustedes que deben ser las cualidades esenciales de un maestro?

En primer lugar una de las afirmaciones  que se ha hecho en este blog en relación con  los maestros es que no existen…, es decir, todo buen maestro se siente un aprendiz toda su vida. Ahí queda eso, la primera en la frente.

En segundo lugar también se ha comentado que todos somos maestros, pues estamos siendo observados constantemente por los que nos rodean.

Y en tercer lugar sabemos que solo si se ama de verdad a la persona que se desea enseñar, se puede enseñar de verdad, pues la batuta de los tempos que respeten la sensibilidad del alumno  y a la vez lo enfrenta a sus propios errores, fallas, ego… es una de las sinfonías más delicadas de componer…  El maestro siempre arriesga la piel, pues en cada paso puede perder a su alumno. O lo que es más delicado elegir al alumno  equivocado arrastrado por la  vanidad, intereses camuflados, narcisismo, necesidad de expansión…

En una  de las pelis más aclamadas por el público en la actualidad, pero ya un clásico  a pesar de su reciente trayectoria, El discurso del rey,  descubrimos la figura genuina de un maestro en  Lionel Logue… Terapéuta de la voz, autodidacta y actor amante de Shakespeare…

Lionel Logue arriesgó su puesto de mentor de Jorge VI, al decirle  al futuro rey de Inglaterra, que solo lo podría  ayudar si admitía que todos los hombres eran iguales y que era imprescindible que le abriera su corazón para saber de su vida  pasada… y así descubrir los precedentes de su tartamudez. Estos fueron los requisitos para hacer su trabajo y los que pusieron a los pies del rey sin voz o “la voz sin su rey”  en polvorosa.

Lionel, en principio,  perdió a su alumno, pero al final lo recuperó e hizo su labor con éxito y consciente de que era  trascendental para su país tener un Rey con voz.

La cuestión es preguntarnos: ¿con cuántas personas solemos ser sinceros de verdad, con quién arriesgamos nuestra zona de confort, a pesar de poder   perder la amistad o la pareja diciendo lo que nadie se atreve a decirles?.  ¿Hasta dónde nos arriesgamos por las personas que queremos?¿Cómo lo hacemos o, mejor dicho, cuánta consciencia hay en el enseñante? ¿Sabemos con claridad cuándo ha llegado el momento o se nos suele escapar el portal de acceso con facilidad por distracción, comodidad, inseguridad, inconsciencia…?¿Es la vanidad la mestr@ de nuestro discurso o es nuestro corazón el guía en nuestras palabras?¿Cuánto de vanidad hay en el acto de enseñar?¿ Cómo la resarces o pagas si crees que siempre está  presente en tus opiniones o consejos?

Que la fuerza te acompañe para dar siempre lo mejor de ti y saber a quién, cuándo y cómo.

Nosotros os damos un mail: nosolodoctorylac@gmail.com para que nos mandéis lo que querais: pps, fotos, canciones, temas a tratar, preguntas…



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