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Se ha detectado una amenaza

24 febrero, 2012

A mi Maestro. Como diría Fito “Ahora sí, parece que ya empiezo a entender…” por qué tenía que ver la serie de “Ángel o Demonio”

Cada vez que un ordenador es infectado por un virus, me pasa lo mismo: me cuesta creer que alguien cree algo que sólo sirve para vender su solución (antivirus). ¿Os imagináis a los mecánicos saboteando los automóviles para que tengamos que llevarlos a reparar? ¿o a los cristaleros rompiendo ventanas sólo para que compremos nuevos cerramientos? ¿o incluso a los médicos defendiendo hábitos no saludables que conviertan en estrictamente necesario acudir con regularidad a sus consultas? Pues, sorprendentemente, entre algunos miembros del gremio de los informáticos, ocurre. Es una especie de política del terror, de mantener precavida y asustada a la gente para que haga o deje de hacer algo determinado, en este caso para que compren un producto que sería totalmente innecesario de no ser por la dudosa intención de algún que otro “pirata” que no besa más bandera que la de la codicia.

Esta última vez ha sido un Troyano… qué bien le pusieron el nombre a estos virus… un programa que aparentemente es legítimo o inofensivo pero que al ejecutarlo ocasiona daños, a veces, bastante difíciles de reparar. En ocasiones la única solución es un formateo o incluso la sustitución de alguna pieza del equipo.

Al igual que el caballo que los griegos construyeron para tomar la ciudad de Troya, muchas oportunidades o personas se nos presentan en nuestras vidas como si fuesen una ofrenda que aparece dispuesta a agasajarnos frente a nuestra puerta y, sin ponerlas en cuarentena ni nada, las dejamos pasar e incluso derrumbamos los pilares que siempre nos protegieron para que se adentre con la mayor de las facilidades. ¡Ay cuando algo promete para nuestro ego…! Nos liamos la manta a la cabeza, bajamos la defensas y que salga el Sol por Antequera… Luego, el momento en el que llegan las consecuencias, nos lamentamos de nuestra mala suerte en lugar de recapitular, identificar qué hicimos mal y tenerlo presente para la próxima ocasión.

La tentación es siempre igual, un caballo de Troya aparentemente inofensivo y gratificante que esconde en su interior todo un ejército dispuesto a dominarnos y a hacernos sufrir, un timo de la estampita donde no se sabe quién es más granuja: el estafador o el que intenta aprovecharse de alguien aparentemente “inocente”; en este último caso, al menos uno de los dos es honesto consigo mismo y no acaba convertido en una víctima indignada.

Porque, y esto es así, todos deseamos el bienestar y la felicidad porque todos nos consideramos merecedores de ella. Estamos tan centrados en recibir, en dar (nuestro esfuerzo, amor, compromiso…) “si y sólo si” recibiremos algo a cambio, que en ningún momento nos planteamos si realmente hemos hecho algo que nos otorgue o mantenga ese “privilegio”. Tanto si pensamos o creemos que sólo por el hecho de ser personas ya somos meritorios de la gracia divina, como si nos decantamos porque es algo que debemos ganarnos, lo cierto es que en el primer caso habría que plantearse si tampoco hemos de hacer nada para conservarla, y en el segundo, resulta más que obvio que hay que currárselo.

Teniendo esto en cuenta, casi cae por su propio peso la importancia de mantenerse activo en el proceso de consecución de nuestros deseos. Bastante hemos hablado en este blog de la relevancia de permanecer consciente a la hora de tomar decisiones, a la hora de establecer nuestras prioridades y realizar determinadas elecciones que nos harán decantarnos por la teta o por la sopa. Siempre lo decimos, todo tiene un precio en esta vida y de nada nos sirve soñar con un mundo utópico plagado de buenas intenciones y de finales felices por decreto que jamás permitirían conocernos realmente. Pensadlo, en un mundo sin consecuencias, sin dilemas ni problemas, sin justicia ni secuelas… ¿podríamos disfrutar del amor sin la existencia definitoria de su opuesto? ¿No vendría a ser una calmachicha monótona e insustancial? ¿Qué sentido tendría la vida?

El ser humano se pregunta a menudo cuál es el sentido de su existencia y la respuesta es fácil: la VIDA, hacer lo que sea necesario (e identificar ésto es lo complicado) para perpetuarla. Y la vida está compuesta por maravillosos opuestos que no son más que la oportunidad de que escojamos quién queremos Ser. Asumir que existen softwares malintencionados (tentaciones) y hacerse con un antivirus por mucho que se trate de una necesidad creada, siempre será más beneficioso para la preservación del ciclo vital de nuestro equipo, que dejarlo invadir por una bomba tentadora que lo destruirá todo.

Así que, si me aceptáis un consejo, la próxima vez que os encontréis ante una perita en dulce, ante una golosina muy fácil de conseguir… ponedla en cuarentena por muy tentadora que resulte, actualizad el antivirus. Eso sí, sin caer en tremendismos, que un exceso de protección (como tener más de un antivirus) es caer en otra trampa que tampoco potencia mucho la vida y que es acabar sometido a esa política del terror que ralentiza el ordenador de modo tal que no nos permite hacer nada.

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